El anciano se acercó al infante, que le abrió los brazos sollozando; luego se inclinó sobre Berenguela, y besó sus manos heladas murmurando:

—¡Duerme en paz, ángel de Dios!

—¡Perdón para él, señor! —exclamó el infante volviéndose hacia el rey.

—¡No le quiero! —repuso el anciano pasando el umbral rodeado de soldados—. ¡Dios nos juzgará a los dos!

Salió de la estancia con paso firme, y el rey se quedó como petrificado, con la infanta en los brazos, en tanto que ella le contemplaba sumida en un éxtasis delicioso: la animación de la fiebre había desaparecido de su fisonomía, y sus ojos, dulces como en los tiempos en que conoció a Florestán, se fijaban en los del rey con entrañable amor; empero su palidez crecía a cada instante, y un círculo azulado rodeaba ya aquellos grandes ojos.

—¡Cuán bien estoy así... Florestán!... —murmuró con voz dulcísima, pero tan débil ya, que apenas podía percibirse—; ¡qué dichosa soy... mirando ese hermoso sol!... ¡así lucía... el día primero que te vi!...

El rey ahogó un sollozo; en cuanto a la reina, se ocupaba en sostener la cabeza del infante, que había caído desfallecido en un sitial, situado en frente del que ocupaba el rey con Berenguela.

De repente, la mirada de la joven se apagó, como la luz próxima a extinguirse.

—¡Tengo sueño! —murmuró reclinando su cabeza en el hombro del rey—; ¡déjame... dormir... aquí, Florestán!...

Cerráronse sus ojos; apareció en su boca una sonrisa inocente, y su boca despidió el postrer suspiro.