El rey no lanzó ya un solo gemido: breves instantes permaneció mirando con sombríos ojos el cadáver de Berenguela; de repente exclamó:
—¡Oh, quiero desgarrar yo mismo mi propio corazón! ¡Quiero apurar hasta las heces el amargo cáliz de mi dolor!
Al pronunciar estas palabras, depositó el cadáver en el lecho y rasgó con su daga la túnica de la infanta, apareciendo bien pronto la señal del costado.
—¡Hermana mía! —gritó besando en la frente a Berenguela; después, levantándose con los ojos llenos de lágrimas, prosiguió:
—¡Ruega al señor que me perdone, el no haberte arrancado tu postrera ilusión de amor!
La reina cerró piadosamente los ojos de la joven, y besó sus mejillas, frías ya, en tanto que don Sancho ocultaba sollozando su frente entre las ropas del lecho.
—¡Valor, hermano mío! —dijo el rey abrazándole—; ¡yo la amé con locura, y me consuelo al pensar que está a los pies de Dios!
—¡Valor, hermano! —repitió la reina cubriendo el cadáver con su manto real—; ¡yo la amaba también, y sabré consolar tu dolor!
—¡Oh, Dios mío! —murmuró aquel mártir del corazón, alzando al cielo sus abatidos ojos—: ¡no les hagáis saber nunca hasta qué extremo la amaba yo!