Algunos meses después, presentó Enrique II una batalla a los ingleses, en la cual quedó prisionero el infante don Sancho que mandaba uno de los cuerpos del ejército de su hermano.
El rey de Castilla pagó por el infante un fuerte rescate, y envió a buscarle al primer puerto a una brillante comitiva de los señores más jóvenes y apuestos de su reino.
Pocos días después, llegaron dos heraldos a las puertas del alcázar, solicitando una audiencia del rey, para decirle que habían adelantado a la comitiva con el objeto de prevenirle que su señoría el infante don Sancho venía muy enfermo.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó el rey, en cuyo semblante se retrató un agudo dolor al oír esta triste nueva—; ¿y debe llegar pronto?
—Solo le precedemos algunos instantes, contestaron aquellos.
Diéronse inmediatamente órdenes para que se preparasen las habitaciones de don Sancho, y no bien se dejaron oír las trompetas y atabales de la guardia del rey, anunciando que ya se divisaba la comitiva del infante, bajó don Enrique la escalera para abrazar a aquel hermano con tanto extremo querido.
El infante no pudo ya doblar la rodilla para saludar al rey que le estrechó contra su pecho; dos escuderos le subieron en sus brazos, y le depositaron en su magnífico lecho.
Estaba don Sancho pálido y demacrado: la terrible enfermedad de languidez que hacía tres meses le consumía, había llegado a minar todos los órganos de su vida.
El rey y la reina se retiraron muy tarde a sus habitaciones, y poco después, los ballesteros, que dormitaban en las galerías, vieron deslizarse a un fantasma, envuelto en un largo manto azul: santiguáronse todos devotamente, porque, a su modo de ver, era el alma de una mujer, que según se aseguraba con sumo misterio, salía cada noche de uno de los sepulcros del panteón, coronada de perlas y abrigada con un manto azul: decíase también que era una joven muy amada del rey, a la cual habían enterrado con aquella alhaja, presente sin duda de Satanás, según afirmaban las reverendas dueñas, y que no podía morar en el panteón de los reyes, por ser solo una villana que había venido de la muy noble ciudad de Burgos.
Al rayar el día, las personas encargadas de velar al infante vieron con sumo terror que, durante su sueño, había aquel desaparecido: en vano registraron todo el alcázar antes de avisar al rey, al cual tuvieron por fin que dar parte de tan extraño acontecimiento.