Al día siguiente murió uno de los infantes, de muy corta edad, que estaba enfermo hacía algún tiempo. El rey, dominado por el profundo dolor que le causara la muerte de su hijo, y atraído por un inexplicable presentimiento, quiso acompañarle hasta el sepulcro: envolviose en un manto negro, se dirigió al panteón, y se ocultó tras una columna: de repente lanzó un grito de angustia, y los cortesanos, atónitos, reconocieron a don Enrique, al precipitarse sobre una figura humana, que yacía tendida sobre una tumba recién cerrada, y que solo tenía grabado el sencillo nombre de Berenguela.

El rey había reconocido un magnífico manto de seda azul bordado de oro: era de la reina, y bajo él descansaba don Sancho dormido con el sueño eterno.

El mártir del corazón quiso que le sirviese de sudario el manto real, que cubrió el cadáver de la infanta.

Un rayo de luz brotó en la mente de Enrique El de las mercedes, que dobló la frente y oró con fervor...

La reina doña Juana empezó a padecer desde aquel día la misma enfermedad de languidez que mató al infante.

¿Qué pasaba en el corazón de la reina de Castilla? ¡Solo Dios pudiera decirlo!

El día mismo que se cumplían seis meses desde la muerte del infante, cuatro condes de Castilla velaban el cadáver de su soberana, espada en mano y en pie, a los cuatro ángulos de su suntuoso lecho mortuorio.

El cadáver de la reina fue colocado, por orden del rey, en la tumba inmediata a la que ocupaba el de don Sancho.

Dícese que Enrique II no volvió a dormir desde aquella época fatal: que desterró al ambicioso don Nuño de Sandoval, y que ni aun el amor de sus hijos pudo consolar el hondo pesar que le devoraba el corazón.

¿Había adivinado el monarca cuál era el mal que cortó los días de la bella y adorable criatura a quien llamó su esposa?