¡Tal vez Dios le advirtió en sueños que las purísimas almas de la reina y del infante moraban juntas en el cielo!
LUZ DE LUNA
I
TRISTEZA
El segundo tercio del siglo XV iba a expirar. Era el oscurecer de un hermoso día de otoño, y las campanas de Segovia tocaban a la oración: las damas de la corte, pues la corte estaba entonces en esta ciudad, se dirigían al templo cubiertas con largos mantos negros y acompañadas de reverendas dueñas, lo que no impedía que algunas de ellas trocasen una frase amorosa, pronunciada a media voz, con los gallardos donceles que de cerca las seguían, o recibiesen un billete, que ocultaban con rapidez maravillosa entre los anchos pliegues del manto.
Triste estaba entonces la ciudad. Enrique IV había abierto una tregua a sus continuas diversiones; y en cuanto a la reina, no parecía desear tampoco los saraos y festines que tanto la hacían gozar en otro tiempo; murmurábase entre sus damas que una profunda tristeza la consumía, aunque ninguna de ellas podía adivinar ni remotamente la causa: y, en efecto, no existía al parecer.
Don Beltrán de la Cueva estaba a sus pies todo el tiempo que le dejaban libre sus ambiciosos planes; al penetrar en la regia cámara, desaparecía en el umbral el hondo pliegue que unía sus pobladas cejas, animábanse sus negros ojos y asomaba a sus labios la sonrisa; mas aunque esta sonrisa era triste también, parecía que don Beltrán era feliz al lado de doña Juana.
¿Qué tenía, pues, la reina? ¿Sería acaso que la aquejaba el presentimiento de alguna desgracia? ¿Soñaría con dolores lejanos todavía? ¿O por ventura la entristecía el remordimiento de su culpable pasión?
Todos estos comentarios se hacían en palacio. ¡Terrible mansión son las cortes!