Las crónicas me han enseñado que en las antiguas se murmuraba despiadadamente, y he oído decir también que en las de ahora hay la misma cruel murmuración.

Pero entonces, como hoy, se erraban también los juicios: formábanlos equivocados los que, dotados de una imaginación activa, anhelaban darle alimento con tan vano trabajo; y al oírlos emitir a estos, se encogían de hombros con frialdad e indiferencia las personas dotadas de un generoso corazón.

Solo el conde de Ledesma podía saber la causa de aquella tristeza: solo él podía decir por qué se apagaban los ojos de la hermosa soberana, por qué palidecía su frente, por qué lloraba, y don Beltrán no lo decía a nadie.

Las siete de la noche acababan de sonar en el reloj del alcázar real: los balcones de la cámara de doña Juana, abiertos aún, permitían ver la ancha plaza que atravesaban los pacíficos habitantes de Segovia al dirigirse al templo; la reina había dado orden de que no entrasen luces hasta que ella llamase, y la estancia, débilmente alumbrada por el crepúsculo, se iluminaba ya con el blanco fulgor de la luna, que aparecía llena y purísima en el azulado cielo sembrado de estrellas.

Ya no hacía calor; pero un ambiente templado todavía iba a aliviar con sus caricias la agonía de las flores que morían en soberbios jarrones de oro y plata.

Magníficos tapices cubrían el pavimento y las paredes; grandes y hermosos espejos, con marcos de recortado ébano y molduras de plata, reproducían los sillones de elevado respaldo.

Recostada en uno más ancho que los otros, estaba doña Juana absorta en una profunda meditación; la luna iba a quebrar sus rayos en la pálida y hermosa frente de la reina, y en los gruesos bucles de sus cabellos, de un negro brillante y azulado, radiaban como dos estrellas sus rasgados y negros ojos, antes llenos de fuego y ahora velados por la tristeza, pero siempre de una hermosura sin rival. Jamás Miguel Ángel trazó un perfil tan severamente correcto: su boca pequeña y soñadora estaba deprimida en ambos ángulos por un pliegue habitual de melancolía, y sus manos, de una belleza soberana, aparecían pálidas y enflaquecidas al cruzarse sobre el negro terciopelo de su vestido.

Sentado a sus pies sobre un rico almohadón, veíase un paje que podría tener dieciséis años; su angélica hermosura era el tipo opuesto a la severa belleza de la reina; de menos estatura que esta, era delgado y esbelto como una doncella. Tenía, como doña Juana, grandes y rasgados ojos, pero de puro y sombrío azul; su boquita purpúrea, su delicada nariz, eran de una suavidad encantadora; caían sus dorados y abundantes cabellos en espesos y largos rizos sobre la gola de encajes, y sus manos, blancas como el marfil, eran más bellas y delicadas aún que las de la reina.

Vestía una ropilla de raso azul celeste prolijamente bordada de plata y sujeta con un cinturón de lo mismo que dibujaba su esbelto talle y dejaba ver el puño de pedrería de una linda y pequeña daga, según el uso de los pajes de aquel tiempo; sus calzas de seda blanca permitían adivinar sus puras y juveniles formas, y sus zapatos, de raso blanco también y adornados de un gran lazo celeste, encerraban unos pies infantiles; divertíase en deshojar una rosa menos pura y blanca que su serena frente.

—¿Qué tenéis hoy, señora mía? —dijo al fin, alzando la cabeza y fijando en la reina sus azulados ojos—. ¿Por qué estáis tan triste?