La voz del paje tenía un eco dulce, sonoro y armonioso; era uno de esos acentos que, una vez oídos, no se olvidan jamás y que conmueven siempre, porque hacía vibrar las cuerdas más delicadas del alma; la reina no le oyó sin duda, porque no se movió.
El pajecillo esperó algunos instantes la respuesta; pero, viendo que no se la daba, alargó la mano a un florero y tomó la más marchita de las rosas, volviendo a su primera ocupación.
Un suspiro que se escapó de los labios de doña Juana le hizo alzar vivamente la cabeza.
—¿Qué tenéis, señora? —repitió el paje con más dulzura todavía; y arrodillándose sobre el almohadón en que había estado sentado, buscó con sus ojos la abatida mirada de la reina.
Estremeciose esta y pasó una mano por su frente, como para apartar un triste pensamiento.
—No tengo nada, Fernando —dijo con alterada voz—. ¿Qué hora es? —añadió levantándose—. ¿Por qué no pides luces?
—V. A. mandó que no iluminasen la cámara, porque penetraba tan hermosa luna...
—¿Ha venido el conde? —interrumpió la reina con viveza.
A esta pregunta se inmutó la fisonomía del pajecillo: a haber luz en la estancia, fácilmente hubiera visto doña Juana sus ojos llenos de lágrimas.
—Don Beltrán no vendrá esta noche, señora —dijo al fin sobreponiéndose a la emoción dolorosa que había hecho palidecer su frente; y añadió con un profundo suspiro, y en voz tan baja que no pudo llegar a los oídos de doña Juana—: ¡desgraciadamente no vendrá!