—¡No vendrá! —repitió la reina cuyo hermoso semblante se entristeció mucho más—. ¿Y por qué?
—Porque dentro de dos horas, señora, debe salir con el rey para Toledo, a donde los llaman los partes dados por Pedro López de Ayala. En la conjuración del marqués de Villena están comprometidos muchos nobles castellanos: cuéntanse entre ellos don Alfonso Carrillo, arzobispo de Toledo; don Alfonso Fonseca, arzobispo de Sevilla; el condestable de Castilla, don Manrique Lucas de Iranzu; don Gómez Solís, maestre de Alcántara; don Diego de Arias, tesorero mayor, y otros muchos.
—¿Y los Lunas?
—¡Mi padre! ¡Mi hermano! ¡Oh, no! —exclamó fieramente el pajecillo, cuya frente se cubrió de un subido carmín—. Antes morirán cien veces, que ser traidores a su rey.
—Pero, ¿dónde se hallan?
—En Aragón, señora: no quieren rendir homenaje a vuestro esposo, porque le aborrecen; pero respetan la persona del rey de Castilla.
—Mas la conspiración de Toledo está secretamente protegida por don Juan de Aragón, Fernando. ¿Cómo don Fadrique no ha de ayudar al monarca que le da asilo? Y tu joven hermano Gonzalo, ¿cómo ha de permanecer en calma en la corte de Aragón?
—En calma estarán, señora, hasta el día en que peligre la vida del rey o la de V. A.; entonces volverán a Castilla para castigar a los traidores.
—¡Buenos y nobles caballeros! —exclamó doña Juana, en cuyas largas pestañas negras brillaba una lágrima.
—¡Oh, sí!, muy nobles, señora —repitió el paje con profunda emoción—; pero buenos aun más que nobles, y sobre todo para vos... ¡Oh, señora mía! —continuó el niño con los ojos humedecidos de llanto—: si hubieseis oído a mi buen padre el día en que me envió a vuestro lado, comprenderíais hasta qué extremo os adoran los Lunas. «Ve —me dijo—, hijo mío: la persona de la reina está amenazada, y yo te envío a su lado para que veles por ella: muere si es preciso, pero que sea tu pecho el escudo de su vida.»