—¡Oh, don Fadrique! —murmuró doña Juana—. ¡Felices los reyes cuyos vasallos se os parezcan!
—Mi padre os debe la vida, señora, según él mismo me ha dicho, y la vida de todos los Lunas os pertenece; más aun: os debe también su libertad y su honor.
—Verdad es, Fernando —dijo doña Juana—, que tuve la fortuna de sacar a tu padre de la prisión en que gemía: es cierto que le devolví la libertad, y con ella el poder de deshacer la odiosa calumnia que pesaba sobre él; pero ha satisfecho su deuda con usura, poniéndote a mi lado, y dándome tu puro amor, único consuelo en los males que me agobian.
Al pronunciar estas palabras, prorrumpió en llanto la reina. El pajecillo se arrodilló de nuevo a sus pies, y besó cien veces sus manos, que humedecía también con sus lágrimas.
—No os aflijáis, por Dios, señora mía —dijo—. Yo estoy aquí para instruir a mi padre y a mi hermano de los planes de don Juan Pacheco, marqués de Villena, que es el jefe de los conjurados y vuestro más cruel enemigo; no puede perdonaros el que dieseis libertad a mi padre, que sabe os sostendrá, a vos y a vuestro esposo, a todo trance en el trono de Castilla; ya están de vuelta en Toledo con el infante don Alonso, al cual han sacado del castillo de Maqueda y proclamado rey; pero nada temáis, señora —prosiguió el niño volviendo a acariciar las manos de la reina—, yo velo por vos; si os veo en peligro, avisaré a mi padre y a mi hermano, que vendrán con trescientas lanzas a vuestro socorro; con nadie podéis contar aquí más que con el conde de Ledesma y conmigo... pero don Beltrán y yo valemos más que todos esos villanos.
—¡Don Beltrán! —exclamó dolorosamente la reina, porque este nombre avivó sus pesares—: ¿Acaso piensa ya en mí?
Nada contestó el paje: palideció, e inclinó tristemente la cabeza.
Durante algunos instantes, reinó en la estancia un profundo silencio; levantose, por fin, doña Juana, y el paje la imitó.
—Pide luces, Fernando —dijo con voz alterada.
Obedeció el niño, y la cámara real quedó bien pronto iluminada.