—Ahora —dijo doña Juana— vete, Fernando: me siento enferma... quizá el reposo me aliviará... deseo estar sola.

Y se dejó caer de nuevo en el sitial, pálida y quebrantada.

—¿No necesita ya V. A. de mis servicios? —preguntó el niño tristemente.

—Sí: antes de retirarte a descansar, lleva este billete a don Beltrán —dijo la reina dándole un papel.

Fernando llevó a sus labios una mano de su señora, y salió.

En cuanto a doña Juana, reclinó su cabeza sobre el ancho respaldo de su sillón, y dejó escapar un profundo gemido.

II

EL PAJE DE LA REINA

Al dejar Fernando la cámara de la reina, se dirigió a las habitaciones de don Enrique; reinaba allí el más completo desorden, porque era la hora de partir: en la antecámara muchos nobles, armados completamente, esperaban conversando a que saliese el rey, y entretanto los pajes y escuderos entraban, salían y cruzaban en todas direcciones.

Fernando entró, procurando no ser visto, pero no pudo ocultarse a las miradas de un grupo de cortesanos que hablaban cerca de la puerta.