—¡Hola, el hermoso paje! —dijo uno haciendo una seña significativa al que tenía más cerca.

—¡El favorito de la reina! —contestó otro con maliciosa sonrisa.

—¡El niño mimado! —añadió un tercero.

—Este será el sucesor de don Beltrán en el corazón de doña Juana —dijo a su vez un joven y elegante obispo—; pero —añadió—, confesad, señores, que es una hermosa criatura: miradle ruborizarse como una doncella porque le miramos...

Y todos se echaron a reír.

En aquel momento, y haciéndose superior a su emoción, se acercó el paje llevando en la mano su gorra, cuya larga pluma blanca besaba la alfombra.

—¿Podríais decirme, señores —dijo con suave y argentina voz—, dónde se halla don Beltrán, a quien no veo por aquí?

Todas las risas cesaron.

Había en aquel acento tanta dulzura, y al mismo tiempo tanta melancolía y respeto, que no pudo menos de conmover a los satíricos cortesanos.

—Creo que estará con el rey, amiguito —contestó el obispo de Cuenca, que era el hermoso joven y el mismo que notó el rubor del pajecillo.