—Vedle allí que sale con S. A. —dijo otro caballero señalando la puerta de la cámara de don Enrique, en cuyo umbral aparecía este conversando con el conde de Ledesma.

El paje se inclinó profundamente, y se dirigió a ellos deteniéndose a una distancia respetuosa.

Enrique IV salía para montar a caballo y marchar inmediatamente; al ver al paje se detuvo, y los cortesanos se volvieron para contemplar una escena que adivinaban sería muy curiosa.

Había, en efecto, razones para creerlo así: el pajecillo era aborrecido en la corte, aunque apenas conocido en ella, por el solo motivo de amarle la reina y don Beltrán; es cierto que cuando alguna vez aparecía, su encanto irresistible, su candidez y hermosura, subyugaban a todos; mas el pobre niño, que se conocía harto débil para vivir entre tantas maldades e intrigas, pasaba su vida a los pies de doña Juana, y evitaba cuanto podía darse a ver: así pues, aunque llevaba cuatro meses de estancia en la corte, había en ella muchas personas que no le conocían aún, y de este número era el rey.

—¿Qué quieres, niño? —dijo este mirando al pajecillo, en tanto que el conde de Ledesma le contemplaba también como arrobado.

—Señor —contestó doblando en tierra una rodilla—, solo besar la mano de V. A. antes de su partida.

—¿Quién eres?

—El paje de S. A. la reina.

—¡Ah... ah! —exclamó el rey—. ¿Conque tú eres ese precioso niño que tanto llama la curiosidad de todos? —Y tomando la mano de Fernando, le hizo levantar y se aproximó con él a una de las lámparas que iluminaban el salón.

—¡Oh, qué hermoso es, conde, qué hermoso! —exclamó el rey después de haberle contemplado breve rato—: ¡jamás he visto criatura más bella! —Y don Enrique clavó de nuevo sus ojos en el semblante del paje.