—¿Qué edad tienes? —preguntó sin soltar la mano del niño.
—Dieciséis años, señor.
El semblante de don Beltrán retrataba una angustia dolorosa, y sus negros ojos estaban fijos en el paje con una indescriptible expresión de dolor y de ansiedad.
—Dime, ¿te hallas bien al lado de la reina? —preguntó don Enrique al pajecillo—: porque si no, te vendrías conmigo, y haría un magnífico presente a Guiomar —concluyó acercándose al oído de don Beltrán.
Palideció el conde, y una nube pasó por delante de su vista; pero haciendo un violento esfuerzo, dijo al rey con serena sonrisa:
—Advertíd, señor, que es extremada la beldad de este joven.
—¿Cómo te llamas? —tornó a interrogar el rey.
—Fernando, señor —contestó el niño con los ojos fijos en el semblante del conde.
—De Acuña —añadió don Beltrán—: es descendiente de los valientes aragoneses de este nombre.
—Adiós, hijo mío —dijo el rey—. A mi vuelta de Toledo, ven a verme inmediatamente y pídeme lo que desees, que te doy mi palabra de otorgártelo —y alargó su mano a Fernando, que la llevó a sus labios.