El rey echó a andar, y don Beltrán iba a seguirle, mas el niño le detuvo por el brazo.

—Tomad este papel que me ha dado la reina para vos, señor conde —le dijo en voz baja y precipitada—: y os ruego, en nombre de vuestro amor —añadió clavando en los negros ojos de don Beltrán sus ojos azules—, os ruego que detengáis por hoy la marcha del rey.

—¡Eso es imposible! —exclamó el favorito aterrado—. El rey baja ya la escalera para montar a caballo.

—Pues corred a detenerle, por Dios santo, Beltrán —repuso el paje tomando entre las suyas una mano del conde—: no es ya por vuestro amor por el que os lo suplico... —añadió con infinita dulzura—, ¡es por el mío!...

Aquellas palabras parecieron obrar una súbita reacción en el conde de Ledesma, que estrechó entre las suyas las manos del pajecillo y salió precipitadamente en pos del rey, a quien alcanzó al fin de la escalera.

—Señor —le dijo—, acaba de hablarme un paje de doña Guiomar: ha venido a decirme de su parte que se halla indispuesta y desea veros ahora mismo.

—Di que voy al instante, y prepárate para acompañarme —contestó el rey, cuyo semblante se alteró al oír aquella nueva—; señores —prosiguió volviéndose a los cortesanos—: suspendemos nuestra marcha indefinidamente; con tiempo daremos nuestras órdenes.

Y apoyándose en el brazo de don Beltrán, entró en sus habitaciones, de las que poco después salió por una puerta secreta, envuelto en una larga capa negra y acompañado del favorito.

III

LA CORTE DE ENRIQUE IV