Encontraba también algún alivio en el amor que profesaba a su hermoso paje: el día mismo de su llegada le fue presentado por don Beltrán, y el niño, al besarle la mano, le entregó una carta que decía así:

«Señora: Sin duda alguna me habrá olvidado V. A., porque las almas nobles no recuerdan los beneficios que hacen; pero si el que los recibe es merecedor de ellos, los graba de un modo indeleble en lo más íntimo de su corazón y los paga cuando puede.

»Yo creo, señora, que satisfago ahora en parte la deuda de gratitud y amor que contraje con V. A., enviándoos a mi hijo Fernando: parto a Aragón con Gonzalo, mi hijo mayor; no quiero rendir más vasallaje a Enrique IV, puesto que, a no ser por el ángel a quien llama esposa suya, hubiera muerto en el calabozo en que me sepultó su padre; pero no quiero tampoco serle traidor, y abandono mi hermosa Castilla para no mezclarme en las intrigas de los nobles.

»Por el cielo, guardaos, señora mía: solo tenéis un amigo fiel, y ese es don Beltrán; a él le envío mi hijo para que le ponga al lado de V. A. Nadie desconfía de un niño: su adhesión no os atraerá mal ninguno, y si corréis peligro, si vuestro esposo vacila en el trono, este mismo niño llamará a su padre y a su hermano, que volarán al socorro de sus soberanos.

»Yo sé que don Juan Pacheco no perdona a V. A. la libertad que me dio, y de la que hice uso arrojándole del lado del rey; sé también que quiere conduciros al castillo de Maqueda, de donde han sacado al infante; pero por el nombre que llevo, juro a V. A. que no lo han de conseguir.

»Dios guarde a V. A. y os conceda, señora mía, la dicha que tanto merecéis. — Fadrique de Luna.»

La reina acogió con amor al niño y le hizo su paje: la memoria de los Lunas no se había borrado de su alma, porque sabía cuánto la amaban aquellos buenos caballeros.

Aprisionado don Fadrique durante el reinado de don Juan II, por una calumnia del marqués de Villena, gemía aún en una oscura prisión al subir al trono su hijo Enrique IV; mas cuando doña Juana vino a dividirle con él, el primer acto de piedad de esta princesa fue mandar abrir todos los calabozos.

Una vez libre el de Luna, su más ardiente afán fue arrancar la máscara a Villena: consiguiolo, y el rey, que ya empezaba a aficionarse a Beltrán de la Cueva, le tomó tal aversión que se vio obligado a no presentarse más en el alcázar; pero juró odio y venganza al rey, a don Fadrique, y, sobre todo, a doña Juana.

Algunos días después, salió de Madrid como jefe principal de la conspiración que se formaba en Toledo para destronar a Enrique IV, pero casi al mismo tiempo salió también don Fadrique con su hijo Gonzalo para la corte de Aragón: su única hija, Luz, quedaba, según se decía, en un monasterio de Ávila; en cuanto a Fernando, por ser niño sin duda, nadie le conocía ni había oído hablar de él.

Desde que vivía en el alcázar, el pajecillo apenas había salido de las habitaciones de la reina: consolaba su dolorosa melancolía, y la amaba tanto que la expresión de aquel ardiente cariño le hacía a veces olvidar sus pesares.

La seductora belleza de aquel niño había llamado la atención de toda la corte, y el rey mismo estaba impaciente por conocerla; pero todos cuantos elogios le habían hecho de él, le parecieron muy débiles al verle en su antecámara en la noche señalada para partir a Toledo.

El paje salió detrás del rey y se dirigió a su aposento, en tanto que la cólera de los nobles estallaba en imprecaciones contra el conde de Ledesma y doña Guiomar; porque sabían que solo la querida y el favorito tenían el poder de dominar la voluntad del rey.

—¡Por el cielo —exclamó don Lope Barrientos—, que se me acaba la paciencia! Esta misma noche marcho a Toledo a unirme con Villena.