—Y yo os acompañaré, don Lope —dijo don Pedro Gómez.
—Y yo con mi compañía franca —añadió don Nuño de Saavedra.
—Y yo, y yo —repitieron muchos nobles.
—Pues id con Dios, señores —repuso don Diego Arias, anciano de hermosa y apacible fisonomía—: yo, por ahora, prefiero irme a acostar.
Los cortesanos fueron saliendo poco a poco, y en la gran cámara quedaron solamente los pajes y escuderos del rey.
IV
AMOR
Las doce de aquella misma noche serían cuando el paje salió de su aposento y se dirigió con silencioso paso a la puerta de la habitación de doña Juana; escuchó breves instantes y después se dirigió a otra puerta que abrió suavemente, encontrándose en el salón amarillo.
Aquella estancia, intermediaria entre las habitaciones de Enrique IV y de su esposa, era llamada así por el color de sus tapices y sillería, y no se abría casi nunca; pero Fernando, que no podía conciliar el sueño, iba a buscar en ella la calma y la soledad; llevaba en la mano un rollo de papel y un tintero, que formaba un cuerno de plata; en el centro de la estancia se veía una mesa dorada, y pendiente del techo una lámpara, suspendida de largas cadenas de plata, para que sus tibios rayos diesen luz a la mesa; sin duda aquel aposento estaba preparado de orden del paje o por él mismo para pasar en él la noche.
Fernando cerró la puerta sin ruido; se quitó la gorra, que dejó en un sillón, y después se aproximó a la mesa para colocar en ella el papel y el tintero; mas ambas cosas cayeron de sus manos, y retrocedió más blanco que las olas de encaje de su gorguera al ver a un caballero que, inmóvil y silencioso, estaba sentado en el sillón colocado delante de la mesa, y que, al ruido que hizo en el suelo el tintero, levantó la frente, estremeciose y se puso en pie.