—¡Doña Luz! —exclamó juntando sus manos con una especie de adoración.

Palideció el paje fijando sus ojos en aquel hombre; mas aquella mirada cambió el alabastro de su semblante en un súbito carmín.

—¡Ah! —dijo—, ¡me habéis asustado, don Beltrán!... pero —prosiguió con una sonrisa que desmentía su temblorosa voz—, ¿qué hacéis aquí? Yo venía a escribir a mi padre en esta estancia, mucho más silenciosa que la mía; pero, puesto que la habéis elegido antes que yo, me voy para no molestaros —y diciendo esto, recogió su tintero y papel, y fue a tomar su gorra.

—Deteneos por el cielo, Luz —dijo el conde de Ledesma con acento suplicante—, ¡tened piedad de mí!

El fingido paje alzó al cielo sus ojos con tristísima expresión, como pidiendo valor; pero cuando se volvió a don Beltrán, su habitual y dulce sonrisa vagaba de nuevo por sus labios; dejó otra vez su gorra sobre la mesa, y echó sus largos rizos dorados hacia atrás con un movimiento infantil, sentándose en el sillón que acababa de dejar el conde.

Este permaneció de pie delante de ella, contemplándola con una mirada ardiente y melancólica.

—¡Gracias, doña Luz! —dijo el conde con profunda emoción y rompiendo al fin el silencio—. Gracias por vuestra bondad en acceder a mi ruego. Esta condescendencia, por otra parte, en nada os compromete —prosiguió con amargura—: ¡nadie extrañará que pasen en conversación, aunque sea toda una noche, el paje y el amante de la reina!

—Creo, no obstante, conde, que para vos seré doña Luz de Luna, y no el paje Fernando —repuso la doncella con acento grave y dulce a la vez.

—¡Oh, sí, sí! —exclamó don Beltrán—; mas nada temáis, Luz: ¡vos sois para mí lo más sagrado que existe en la tierra; lo más santo que conozco; sois lo que más amo en este mundo, mi más caro y apreciado tesoro; el ángel que ilumina el áspero camino de mi vida! ¡Oh, Luz! —prosiguió el conde, con tan honda emoción que las lágrimas brotaron de sus ojos—. ¡Luz mía! ¿Cuándo daréis una esperanza a mi ardiente amor? ¿No sabéis que este cariño es puro y santo? ¿No os he rogado mil veces que me permitáis pedir vuestra mano a don Fadrique?

—¿Y la reina, conde? —dijo Luz con doloroso acento—: ¿qué sería de la reina el día en que os perdiese para siempre? ¿Qué porvenir le espera, muertas las esperanzas de su amor?