—¡La reina! —repitió el conde—, ¡la reina! ¿Tengo yo la culpa acaso de haberme engañado creyendo amarla? ¿Tengo yo la culpa de que ella se haya apasionado de mí? ¡Por piedad, Luz, por piedad! ¡No mezcléis en nuestro puro amor el recuerdo de esa pasión criminal!...

Detúvose el conde para mirar a la joven, que lloraba cubriéndose el rostro con las manos.

—¡Llanto! —exclamó apasionadamente arrodillándose a sus pies—, ¡llanto, amada mía! ¡Y lo viertes por mí! ¡Dime —prosiguió, buscando con sus ojos la mirada de la doncella—: dime que te enternecen mis tormentos!, ¡dime que comprendes al fin la inmensidad de mi amor!... porque lo comprendes ya, ¿no es verdad? ¿No es cierto que me has visto revivir bajo la luz de tus divinos ojos, bajo la paz de tu sonrisa?, ¿que has visto cómo recobraba la alegría de mi corazón y el sosiego de mi alma, bajo la influencia de tu virtud? ¡Oh!... ¡Si supieras lo que pasó por mí el día en que te me presentaste con la carta de tu padre!... ¡Creí que el corazón iba a saltárseme del pecho!

Aquel hombre de hierro, cuyo valor se había hecho proverbial en toda Castilla, cayó vencido y quebrantado por la emoción que experimentaba: pálido, con la respiración anhelante, apoyó su frente en el brazo del sillón de Luz.

—Yo también os amo, conde —dijo esta tomándole las manos y obligándole a que se levantase—: sí, os amo, como ya no volveré a amar a pesar de no tener más que dieciséis años. Dejadme concluir —añadió conteniendo con imperioso ademán el trasporte del conde—: esta primera confesión será también la postrera.

—¡La postrera!

—Sí, desde ahora os lo juro por el nombre que llevo: yo ahogaré esta pasión, y si no puedo conseguirlo, moriré. Escuchadme, Beltrán —prosiguió enternecida al ver la angustia que se retrataba en las facciones del conde—: mi padre debe su vida a la reina, y su bienhechora está rodeada de enemigos, abandonada de su esposo. Solo un bien le resta: ¡vuestro amor!; y este bien, que compensaba para ella todos los demás, ¡lo ha de perder también! ¡Y queréis, conde, hacerme su enemiga! ¡Queréis que, en pago de la vida y de la libertad de mi padre, clave en su corazón ese acerado puñal! ¡Queréis, en fin, que desobedezca a mi padre, que me mandó oponer mi pecho como un escudo a los golpes que asestasen al suyo! ¡Oh, no, no! ¡Jamás!

—¿Y creéis, Luz, que porque vos dejéis de amarme, renacerá mi cariño hacia la reina? ¿Pensáis que humillaré de nuevo la frente a ese vergonzoso yugo? ¿Imaginais que para conservar mi fortuna y elevación, le fingiré de nuevo el sagrado sentimiento que solo vos en el mundo habéis podido inspirarme? ¡Por Dios, que os equivocáis! ¡Voy a renunciar esta noche todos mis cargos y títulos, y mañana seré otra vez un pobre soldado! ¡Ya nada quiero de ella!

—Y yo, conde, os aborreceré como a mi más mortal enemigo, porque habréis causado la muerte a la bienhechora de los míos —dijo la joven con airado acento—; sí, os lo juro por el Dios que nos oye: si asestáis ese golpe al corazón de la reina, mi amor se trocará en aversión, porque la amo más que a vos.

Al acabar de pronunciar estas palabras, se dirigió a la puerta; mas el conde la detuvo, poniéndose delante.