—¡Luz! —exclamó—, por piedad, no me dejéis así: decidme al menos que el recuerdo de mi cariño os será grato; yo haré lo que queráis... no me separaré del lado de la reina... la defenderé con mi vida... ¿estáis contenta? —prosiguió clavando sus ojos con amarga tristeza en los ojos de Luz.

—Sí, conde —contestó la doncella tendiendo al caballero su blanca manecita—: ¡oh, sí, muy contenta! ¡Me habéis hecho tan feliz!... Vos pagaréis de este modo a doña Juana la deuda de los Lunas, y yo... yo os amaré... como a mi mejor amigo.

Temblaron los labios de la joven al pronunciar estas palabras, y una espantosa palidez cubrió su semblante.

—Ahora —añadió haciéndose superior a su emoción—, ahora es ya de día, conde; marchad a ver a la reina. Sé, por Inés, que está indispuesta, y por eso fui a suplicaros que detuvierais vuestra partida.

—Os obedezco, Luz —dijo tristemente el conde—. ¡Quiera Dios que mi vida, convertida desde hoy en un largo y doloroso sacrificio, pague esa deuda terrible que me roba vuestro amor!

—Os engañáis, Beltrán; la satisfacción de esa deuda me liga a vos con una tierna e inalterable amistad, y este puro sentimiento reemplazará al amor, porque vuestro amor y el mío pertenecen a la reina de Castilla.

Al concluir estas palabras, abrió la puerta de su aposento y entró en él, cerrando después de saludar al conde, quien tomó lentamente el camino de las habitaciones de la reina.

En cuanto a Luz, se dejó caer de rodillas al pie de su lecho, y exclamó con voz entrecortada por los sollozos:

—¡Gracias, Dios mío, gracias por las fuerzas que me habéis concedido en tan ardua y dolorosa lucha! ¡Oh, Dios piadoso! ¡Oh, Virgen mía! ¡No me desamparéis!

V