LA ENTRADA DE VILLENA

Cuatro días habían pasado desde estos sucesos y todavía no se había dado orden ninguna para la partida del rey.

Doña Guiomar seguía indispuesta, obedeciendo tal vez los consejos de don Juan Pacheco, marqués de Villena, su amante oculto, aunque nadie en Castilla le conocía otro que Enrique IV.

La hermosa dama de honor de doña Juana tenía enteramente subyugado el corazón del rey; pero ella no sentía hacia el monarca más que el desprecio que necesariamente debía inspirar a una mujer de su temple, porque doña Guiomar tenía talento y corazón.

A pesar de no contar más que treinta años, amaba con pasión al marqués de Villena, que pasaba de los cincuenta. La energía de aquel hombre, sus brillantes prendas y su elevado talento le inspiraban cariño y admiración; aun su misma ambición era otro nuevo mérito a sus ojos, porque era ambiciosa también.

La noche en que, a ruegos del paje, detuvo don Beltrán la marcha del rey, recibió ella una carta de Toledo, concebida en estos términos:

«Es absolutamente preciso que detengáis al rey cuatro días más en Segovia; al finar el último, os veré en vuestra misma casa, porque entraremos victoriosos, llevando a nuestro frente al infante don Alfonso. — Villena.»

No bien leyó la dama de honor este billete, que le fue entregado al desnudar a la reina, lo ocultó cuidadosamente entre los pliegues de su brial; después extendió los brazos, y cerrando los ojos, se dejó caer en un sillón, dando un ahogado grito que hizo acudir a la reina y todas las damas; el desmayo duró media hora, al cabo de la cual pareció reanimarse, y pidió permiso, con voz débil, para retirarse. Doña Juana dispuso que se trasladase la enferma a su casa en una de sus carrozas, y mandó a doña Blanca de Solís, la más joven de sus damas de honor, que la acompañase y velase a su lado toda la noche.

Poco agradó, en verdad, esta orden a doña Blanca: odiaba, como todas sus compañeras, a aquella orgullosa mujer, que las trataba muy mal; pero se inclinó profundamente ante la reina, y abrigó ella misma, con su capuchón de pieles, los hermosos hombros de doña Guiomar.

Despidiolas doña Juana, dispensando a la enferma de todo servicio en su aposento mientras durase la indisposición, y asegurándole que sus damas alternarían en su cuidada y asistencia; pero durante el camino, doña Guiomar se animó y pareció casi buena al llegar a su casa.