—Doña Blanca —dijo a la joven con una dulzura extraña en ella—, no quiero que os molestéis: yo estoy mucho mejor, y creo que mañana podré asistir al alcázar a la hora de levantarse su alteza: voy a mandar que os conduzcan a vuestra casa, quedando yo sumamente reconocida a vuestros afectuosos cuidados.
—Pero, señora, tal vez os engañáis —repuso la sencilla joven, sin comprender las miras de la altiva dama—: podéis poneros peor... no, no, yo velaré con sumo gusto a vuestro lado.
—Os digo que me siento ya muy bien —repitió doña Guiomar, cuyas morenas mejillas se encendieron con tan leve contradicción.
—La reina me reconvendrá... —murmuró débilmente la pobre niña, aterrada como una paloma delante del milano.
—Yo os disculparé con S. A. mañana, cuando asista a su cámara: le diré que os he rogado que os retiraseis. Ea, buenas noches, doña Blanca —continuó bajando ligeramente de la alta carroza, y entrando en su casa.
No bien se halló en su aposento, escribió al conde de Ledesma diciéndole que estaba bastante indispuesta, y rogándole que se lo hiciera saber al rey. Mas don Beltrán, suponiendo la verdad, porque no ignoraba la intimidad de Villena con la dama de honor, se guardó bien de enseñar la misiva a don Enrique y la hizo pedazos en seguida que la leyó.
Los ruegos del paje alcanzaron lo que deseaba doña Guiomar: el rey voló a su casa así que tuvo noticia de la indisposición que la aquejaba y que ella fingía por su parte a las mil maravillas.
Al volver al alcázar con don Enrique, Beltrán de la Cueva se dirigió al salón amarillo, porque los dolores alejaban el sueño de sus ojos: desde el día en que vio a Luz de Luna, la amó con pasión, y aquel fuego devorador aniquilaba enteramente sus fuerzas morales.
Sin embargo, compadecía profundamente a la reina: a medida que él se tornaba frío e indiferente, la pobre joven languidecía y su frente se doblaba más pálida y abatida que la del conde; ella ignoraba, no obstante, la causa de su desvío; no sabía que otro nuevo amor le robaba el corazón de su amante, porque no sabía tampoco que su amoroso pajecillo era una hermosa doncella.
En la corte de Castilla nadie más que don Beltrán conocía este secreto, porque solo a su lealtad lo había confiado su anciano amigo don Fadrique de Luna. ¡Dios, en su bondad, quiso evitar a aquella infeliz princesa el más amargo de todos los dolores... los celos!