Era el día que Villena había señalado para entrar en Segovia: brillaba el sol en todo su esplendor y el tibio viento de octubre traía en sus alas los perfumes de las últimas flores.

Enrique IV, sin acordarse de que rugía sobre su cabeza una terrible tempestad, pasaba casi todo su tiempo al lado de doña Guiomar, que agravaba o disminuía su indisposición según convenía a sus planes: Toledo y la conspiración que encerraba dentro de sus muros se habían borrado completamente de la memoria del rey.

Espantoso desorden reinaba en la ciudad; muchos de los nobles partidarios de Villena, y avisados por él, sabían que aquella noche debían entrar los conjurados, y que don Enrique iba a ser arrancado del trono para colocar en él a su hermano don Alfonso.

Otros, y estos eran los menos, adictos al rey, se aprestaban a la defensa, y cruzaban en todas direcciones a la cabeza de sus compañías francas.

En vano fue avisar al rey de lo que acontecía; en vano le pintaron el riesgo que corría: su sagaz manceba le aprisionaba a su lado, y el rey se contentaba con responder: No se atreverán.

Tres días hacía que Luz había escrito a su padre llamándole a Segovia. «La reina peligra, padre mío —le decía—. Villena está cerca de aquí, y ya sabéis que es su enemigo mortal: venid, pues, a salvarla de la prisión o de la muerte.»

Después de escrita esta carta, el pajecillo se situó al lado de la reina, que esperaba sin impaciencia ni temor lo que iba a suceder: sabía que si vencían los conjurados sería sepultada en un sombrío castillo, porque sabía también hasta qué punto la odiaba don Juan Pacheco, y presagiaba que su primer cuidado sería abrirle una prisión; pero todo lo olvidaba, porque veía de nuevo tierno y amante a don Beltrán y hacía dos días que era feliz, a pesar de los males que la amenazaban.

El pobre pajecillo era dichoso también con la ventura de su señora, aunque su rosado semblante había tomado la palidez del alabastro, y sus espléndidos ojos azules se veían rodeados de un ancho círculo morado; en aquellos cuatro días no se había separado un momento de la reina: en pie, detrás de su sitial, estremecíase al menor ruido que sonaba en la calle, y parecía escuchar constantemente con ansiedad.

Hacia las cuatro de la tarde creció el rumor en las calles, y se oyeron pasos cautelosos en la escalera que daba a las habitaciones de la reina; las damas de honor se estrecharon temblando unas a otras, y el paje palideció más que ellas: los pasos, que sonaban ya junto a la puerta principal, cesaron de repente, y un instante después se oyó dar vuelta suavemente a la llave.

—¡Nos encierran! —gritó doña Juana—, ¡estamos prisioneras! —y se acercó a otra puerta disimulada en los tapices, al mismo tiempo que la cerraban también.