Un ahogado sollozo se escapó del pecho de la reina: no pensó en ella, sino en la Cueva, en su esposo, en su pobre hija y en su reino perdido. ¡Ella, la reina de Castilla, tendría que morir en una prisión!... La pobre joven se dejó caer de rodillas en su reclinatorio y oró con fervor, imitándola sus damas y Fernando.

Ya había tendido la noche su denso manto, y aún permanecían postradas. De súbito saltó uno de los cristales de colores del anchuroso balcón de piedra, y tras de aquel todos los demás que componían la ojiva vidriera, y un hombre se precipitó en la estancia. Las voces de la reina, de sus damas y del paje, se confundieron en un solo grito de terror; mas el aparecido, sin mirar a nadie, se dirigió al paje, a quien acercó a su pecho con un apasionado movimiento y como para protegerle del riesgo que le amenazaba.

—¡Don Beltrán! —exclamó la reina reconociéndole y tendiéndole sus manos.

—Nada tema V. A., señora —contestó el conde besando la diestra de doña Juana—: he encontrado cerradas todas las puertas y he entrado por ahí —continuó señalando el balcón—, para defenderos hasta mi último aliento.

VI

EL TRONO Y EL HONOR

Cuando don Enrique volvió al anochecer a su alcázar, no se notaba otra señal de alarma que las rondas que se cruzaban en todas direcciones: los conjurados aún no habían entrado; mas, careciendo de puertas la ciudad, era imposible oponerles este obstáculo.

Don Beltrán sabía, no obstante, que Villena estaba con los principales jefes dentro de Segovia: reunió a todos aquellos con quienes podía contar y se aprestó a la defensa; porque su lealtad como soldado era a toda prueba, y estaba decidido a perder mil vidas que tuviera por defender a sus soberanos; tenía además que velar por Luz, cuya existencia y honor le habían sido confiados por su padre, y que eran mucho más caros a su corazón que todos los intereses de la tierra.

Don Enrique se acordó, por fin, de su esposa y de su hija, y al cerrar la noche, salió de su cámara para dirigirse a las habitaciones de la reina, acompañado de muchos cortesanos; mas quedaron atónitos al encontrar todas las puertas cerradas.

Doña Juana estaba ya aprisionada: era la primera víctima de la venganza de Villena.