El semblante del soberano se trastornó enteramente: en el fondo de aquel corazón helado y endurecido había algún cariño hacia la joven y hermosa princesa a quien llamaba esposa suya, y la idea de que se la habían robado o de que otro se había anticipado a salvarla, le hizo olvidar todo lo demás.
—¡Echad abajo esa puerta! —dijo con voz fuerte.
Los soldados de su guardia empuñaron las hachas de armas e hirieron con un solo golpe la maciza puerta que no se conmovió lo más mínimo. Un curioso observador hubiera visto aparecer una burlona sonrisa en los labios de los cortesanos: las llaves de la habitación de la reina tal vez no estaban lejos de allí.
La voz del rey se dejó oír de nuevo entre el estruendo.
—Llamad a la Cueva —gritó con airado acento, y aún no había expirado el eco, salieron tres pajes en distintas direcciones.
—Señor —dijo don Diego Arias, que era el anciano de hermoso semblante a quien vimos en el alcázar—, yo creo que debíamos bajar al jardín para ver, si nos es posible, por entre los balcones, si la reina está dentro de su habitación: el profundo silencio que se advierte me hace temer que nos la hayan arrebatado, y en ese caso, juraría, por el nombre que llevo, que hay traidores entre nosotros.
Y el noble caballero, en cuyo corazón ardía la indignación, tendió en derredor suyo una mirada amenazadora.
—Tienes razón, Arias —dijo el rey—: vamos al jardín, y si tus temores salen ciertos... ¡ay de los culpables!
Y echó a andar seguido de todos sus cortesanos.
Algunos soldados y escuderos iban detrás alumbrando con hachas.