Al llegar al jardín, mandó don Enrique que se detuviesen todos a la puerta, y se adelantó él solo con don Diego Arias, hasta colocarse enfrente de los balcones de la cámara de la reina: la luna derramaba una tenue claridad a través de la espesa cortina de nubes que la ocultaba, y que permitían distinguir, no obstante, hasta las más pequeñas plantas.
En tanto que don Enrique y el anciano don Diego miraban con ansiedad al fondo de la cámara de la reina, en la que se notaba el resplandor lejano de una luz, la Cueva se dirigió a una puerta del alcázar por donde acostumbraba a entrar; mas su angustia fue indescriptible al encontrarla cerrada. De repente un confuso rumor de golpes y voces llegó a sus oídos: era que los soldados del rey herían con las hachas de armas la puerta principal.
—¡También cerrada aquella! —murmuró el conde, que adivinó la causa de aquel estruendo; tendió en seguida en derredor suyo una mirada en la cual radiaba una ráfaga de delirio, y echó a correr hacia el jardín.
—¿Qué voy a hacer? —murmuró parándose de repente—: ¡qué voy a hacer, Dios mío! ¿Cómo salvarlas? ¡Salvarlas! ¿Y de quién? ¿Quién ha cerrado las puertas del alcázar? ¿Villena? ¿Quién las manda abrir? ¿El rey? ¿O ha sido Enrique IV quien las ha aprisionado, y don Juan Pacheco el que intenta derribar esas mismas puertas?
Calló el conde y se apoyó contra el muro casi desfallecido.
—¡Luz! —murmuró al cabo de algunos instantes—. ¡Luz mía! ¿Qué va a ser de ti? ¿Pagarás tú, pobre ángel, los odios que nacieron alrededor del trono? ¡Y yo... yo no puedo salvarte... no puedo!...
Un amargo sollozo desgarró la garganta de don Beltrán: pálido como un cadáver, cerró los ojos y quedó inmóvil.
Un golpe más fuerte que los otros le hizo estremecer: rápido como un relámpago echó a correr y salió del alcázar.
En aquel mismo instante miraban con mayor ansiedad que nunca el rey y don Diego al interior de la cámara de la reina: el anciano hacía ya rato que escuchaba atentamente con la cabeza inclinada; hubo un instante en que don Enrique fue a hablar, mas el caballero le apretó fuertemente el brazo haciéndole señas de que callase, y olvidando la etiqueta en una ocasión tan importante.
De súbito levantó también la cabeza el rey; se oían claramente sobre la arena del jardín los pasos de un hombre, y al mismo tiempo estalló un horrible tumulto en la plaza del alcázar; por detrás de las paredes del jardín se percibía el choque de las armas y los gritos de los combatientes.