Por un movimiento involuntario, don Enrique iba a precipitarse hacia la puerta; mas don Diego le detuvo.
El hombre, cuyos pasos se oían, entraba entonces en la calle de árboles en que ellos estaban.
Sin detenerse, llegó al pie de los balcones de la reina y sacó una larga escala de seda que sujetó al de enmedio, afianzándola a la parte inferior con largos garfios de hierro.
—¡Castilla por don Alfonso! —gritaron muchas voces en la plaza del alcázar.
—¡Abajo los traidores! ¡Muera Villena! —respondió otra inmensa gritería.
Don Enrique hizo un segundo e impetuoso movimiento y se lanzó a la puerta; mas el anciano don Diego le sujetó fuertemente por el brazo.
—En la calle quieren quitaros el trono, señor —le dijo con voz profunda—; pero aquí os roban vuestro honor —añadió señalando al hombre que acababa de escalar el balcón.
Mas apenas pudo vérsele, porque dio con mano fuerte un golpe en la ojiva vidriera, que cayó hecha mil pedazos, y se precipitó de un salto en la cámara real.
Por un momento vieron el rey y don Diego, a través de los cristales mutilados, a la reina y sus damas postradas: los blancos trajes se extendían en amplios pliegues como una alfombra de nieve en el mármol del pavimento; el grito de espanto lanzado por la soberana y sus damas llegó también a oídos de don Enrique y don Diego; mas en el instante mismo se cerraron de golpe ambos postigos y desapareció el luminoso cuadro.
—Vamos, Arias —dijo don Enrique con sordo acento—: vamos a lavar el honor, y después defenderemos el trono.