Y el rey y don Diego salieron del jardín con precipitado paso.
VII
¡CASTILLA POR DON ENRIQUE!
Al volver el rey a la habitación de su esposa, acababa de saltar la puerta, deshecha por los golpes de los soldados.
—Nadie se mueva hasta que yo lo mande —dijo don Enrique con severo acento—: ¿habéis encontrado al conde de Ledesma? —preguntó a los que había enviado a buscarle.
—No, señor.
—Seguidme, Arias —dijo el rey, y entró en la cámara de su esposa.
Pero en el mismo instante, un rumor confuso se oyó al otro lado de las habitaciones; acababan de echar abajo otras puertas del alcázar que daban a distintas calles; un momento después se abrió la puerta oculta entre los tapices, y apareció Villena con la espada desnuda y seguido de gran número de los suyos. Encontráronse frente a frente el rey y su enemigo, mas la primera mirada de ambos fue para buscar a la reina: los semblantes de los dos se encendieron con un subido carmín, y brotaron de sus ojos relámpagos de furor.
Vestida doña Juana con un largo traje blanco, estaba arrodillada en su reclinatorio; sus largos cabellos negros caían en rizos medio deshechos alrededor de sus hombros y garganta; tenía cruzadas las manos fuertemente, y sus grandes ojos se fijaban en Villena con profundo terror. Don Beltrán estaba de pie a su lado, y su presencia fue la que trastornó de rabia los semblantes del rey y de Villena: el uno veía en él a su rival, el otro a su enemigo. La vidriera rota, que el rey fue a abrir, dejaba penetrar una corriente de aire frío que hacía vacilar la luz de la única lámpara que alumbraba el aposento.
El rey se acercó a la Cueva y le cogió del brazo.