—¿Por dónde habéis entrado en la cámara de la reina, conde? —le preguntó con una terrible mirada.

—Por la misma puerta que V. A., señor, contestó el favorito con voz firme.

—¿Y a qué hora?

—Hace apenas media.

—¿Por qué, en vez de venir aquí, no estuvisteis a mi lado?

—¡Oh, señor! —repuso don Beltrán con tan serena sonrisa que ocultó del todo la angustia retratada en sus facciones—: vine aquí porque vos estabais rodeado de valientes caballeros, y la reina estaba sola y expuesta a la furia del marqués.

—¡Vive Dios, don Enrique, que no sé cómo tenéis calma para escucharle! —exclamó Villena, cuya furia se aumentó al ver malograda su esperanza de encontrar a la reina sola—. El conde acaba de entrar por ese balcón, puesto que no había otra entrada, porque todas las llaves de esta parte del alcázar se recogieron por orden mía.

—¡Mentís como un villano, marqués! —gritó entonces el paje de la reina, saliendo al frente de todos—: quien ha entrado por ese balcón he sido yo.

Al oír el mentís del niño, trastornose enteramente el semblante de Villena, y se arrojó a él, en tanto que muchos de los suyos rodearon al conde.

Ninguno, empero, se atrevió a llegar al soberano.