—¡Favor al rey! —gritó don Enrique, y todos los nobles, que esperaban sus órdenes, precipitáronse de tropel en la estancia con las espadas en la mano.

En el instante mismo en que Villena se lanzaba al pajecillo, retrocedió: Don Juan Pacheco era muy valiente, y la espada cayó de sus manos al contemplar de cerca el puro y bellísimo semblante del niño.

—Sí —prosiguió Fernando yendo a postrarse a los pies de la reina, que se había dejado caer en un sitial—: yo fui el que escaló ese balcón, al ver que las puertas me vedaban la entrada; porque —añadió, cubriendo de besos las manos de doña Juana—, no podía acostarme sin ver a mi señora.

Los cortesanos se miraron atónitos. ¿Sería aquel niño el nuevo amante de la reina? Su lenguaje lo hacía suponer así.

La refriega se había empeñado en aquella estancia: combatían junto a la Cueva algunos caballeros, en tanto que el rey contemplaba con mirada sombría al lindo paje, que ocultaba su frente en los pliegues del vestido de la reina para no ver aquella desastrosa escena.

De repente, lanzó un agudo grito: acababa de caer la Cueva herido, y aquel golpe produjo, aunque sin verlo, un doloroso choque en todo su ser. Volviose, arrodillado como estaba, y cruzó sus manos sobre el pecho con una desgarradora expresión de dolor; después, como atraído por una fuerza superior a su debilidad, se levantó trabajosamente y quiso correr hacia don Beltrán, mas el rey le detuvo.

—Niño —dijo—, ya que tanto amáis a la reina, es preciso defenderla, porque os la quieren robar —añadió con fiera y maligna sonrisa—. Vamos, desenvainad esa preciosa daga, regalo suyo sin duda... ¡Vamos!

Tembló el paje: su brazo se rompía entre los dedos del rey.

—Sí, sí, que combata —gritaron muchas voces. Mas la de la Cueva dominó todas las demás.

—¡Señor —gritó—, piedad, ese paje es una mujer!