—¡Una mujer! —repitieron en coro el rey y todos los cortesanos.
—¡Sí —dijo la pobre niña, cuyo semblante estaba blanco como el mármol—; sí, don Enrique, el amante de la reina, ya lo veis, es una mujer!
Y en sus labios se dibujó una angélica sonrisa, en tanto que sus ojos se cerraban cayendo desvanecida en los brazos del rey.
—¡Castilla por don Enrique! —gritaron en la plaza mil voces en una.
—¡Castilla por don Enrique! —repitieron en la escalera del alcázar.
—¡Castilla por don Enrique! —resonó por tercera vez en la puerta de la cámara real, y don Fadrique de Luna, seguido de su hijo y de gran número de soldados, entró por la puerta principal de la cámara, en tanto que Villena y los suyos huían vergonzosamente por la puertecilla secreta que les había dado paso.
VIII
LOS LUNAS
La primera mirada de don Fadrique se dirigió en busca de la reina; al descubrirla desmayada en el ancho sillón, se arrodilló delante de ella y besó una de sus manos.
Gonzalo, entre tanto, había visto a su hermana sin sentido en los brazos del rey.