—¡Luz! —exclamó extendiendo los suyos para recibirla.
Al eco de esta voz amiga, abrió la joven los ojos y los fijó en el semblante del caballero.
—¡Hermano mío! —murmuró con débil voz—. ¿Y nuestro padre? —preguntó en seguida.
Pero don Fadrique llegaba ya, y la estrechó amorosamente contra su seno.
—Al fin te veo, hija mía —exclamó el anciano con los ojos llenos de lágrimas—, ¡si supieras cuánto sufría lejos de ti!
—¡La hija de Luna! —murmuró el rey—: es más noble, más niña y mucho más hermosa que doña Guiomar.
Y sus ojos se fijaron con amor en la pobre doncella a quien había estado a punto de matar pocos momentos antes.
Comenzaba a volver en sí la reina y Luz iba a acercarse a ella, mas su padre la contuvo suavemente.
—Señor —dijo en voz baja y aproximándose al rey—, prometedme que no diréis a nadie jamás que el paje Fernando era mi hija Luz; y vosotros, caballeros —prosiguió volviéndose a los nobles—, concededme, os ruego, el mismo favor.
—¿Pero de qué servirá esto, cuando la han de ver aquí todos los días? —dijo el rey—; y además, ¿por qué ocultar todo lo que vale este ángel de paz?