—Nadie la verá, señor —contestó el de Luna—, porque antes de amanecer tomaremos el camino de Aragón, sin que mi Luz deje su vestido de paje.

—¡Cómo, don Fadrique! ¿Conque me dejáis de nuevo? —exclamó el rey con doloroso acento—: ¿me dejáis, sin que pueda pagaros todo lo que os debo?

—Si algo vale el servicio que he tenido la dicha de hacer a V. A., señor —contestó don Fadrique—, no pido más recompensa que el permiso para marchar.

—Idos, pues —dijo tristemente el rey—: ahora, al menos, añadió bajando la voz, dejad a Luz al lado de la reina.

—¡Imposible, señor! —respondió con acento firme el anciano—: he consentido en separarme de mi hija mientras sus servicios han hecho falta a mi bienhechora —continuó besando una mano de la reina, quien, recobrada ya y comprendiendo lo que pasaba, le dio gracias con una dulce sonrisa—. Ahora —concluyó don Fadrique—, no puedo consentir en alejarme de aquí sin mi Fernando.

—¡Cómo! —exclamó doña Juana—, ¿os lo lleváis?

—Sí, señora; pero os dejo un buen amigo en el conde de Ledesma —dijo don Fadrique estrechando entre las suyas las manos de don Beltrán—: a no ser por él, hubierais caído en poder de Villena antes de llegar yo.

—Venid aquí, la Cueva —dijo el rey—: desde hoy sois duque de Alburquerque, y os damos además los señoríos de Atienza y Roa. Quedad con Dios, don Fadrique —prosiguió dirigiéndose al anciano—; adiós, Gonzalo; ya que os obstináis en partir, no me opongo a vuestro deseo; pero jamás olvidaré que os debo mi corona y mi vida.

Inclináronse los Lunas, pero no besaron la mano del rey; para aquellos nobles caballeros era un imposible amar ni respetar a aquel hombre: únicamente acataban la corona que ceñía sus sienes.

—Adiós, Fernando —prosiguió el rey tomando en las suyas las blancas y delicadas manos de doña Luz—: si alguna vez sufrís o deseáis algo, acordaos del rey de Castilla.