Varias veces, al contemplar la blanca antorcha del firmamento cuyo nombre llevaba la hija de don Fadrique, se deslizaba una lágrima de las negras pupilas del conde, y sus labios murmuraban estas palabras: «¡Ruega al cielo por mí!...»

Y al mismo tiempo una joven religiosa del convento de Santa María fijaba sus azulados ojos en el astro de la noche y decía en voz tan baja que se perdía en las auras perfumadas de su jardín: «¡Oh, Dios de bondad, hacedle feliz!... pero ¡no arranquéis mi recuerdo de su corazón!...»

Antes de cumplir veinte años, murió Luz de Luna: las buenas religiosas la acostaron para que durmiese el sueño eterno en una urna de mármol rodeada de flores, y decían que todas las noches una paloma blanca iba a posar su vuelo sobre el sepulcro.

Era el alma de Luz que iba a pedir al astro, que le dio su nombre, un recuerdo del poderoso duque de Alburquerque, proscrito ya y desterrado.

¡Alma bendita e inocente!

LA PRINCESA DE LOS CASPIOS


I

HERMIONE

La historia de los pueblos de Oriente, de ese pedazo de mundo que no ha mucho ha sido teatro de una guerra que ha fijado la consideración del resto del universo, se pierde en la noche de los tiempos. Hay, sin embargo, en ella episodios que conmueven profundamente el ánimo, y de esta especie es el que sirve de base a esta leyenda.