En aquella nación idólatra, donde falta el freno más fuerte y poderoso de las pasiones humanas, que es la religión, se han desarrollado estas siempre con terrible vehemencia: las mujeres, que entre nosotros parece han nacido únicamente para el sufrimiento, la dulzura y la resignación, dan allí rienda suelta a sus impetuosos sentimientos, y son, no pocas veces, víctimas de ellos.
El amor y la venganza, sobre todo, han producido terribles desastres: no conociéndose el honor, la probidad, ni ninguna de las virtudes sociales, el asesinato venga las más leves diferencias como las ofensas más graves.
Hubo un tiempo en que el Asia, aunque dividida en reinos, estaba dominada por príncipes o gobernada por sátrapas, cuya vida licenciosa y llena de desórdenes hundió al fin su poder.
Principalmente en Persia, en aquel reino, el más hermoso y dilatado de todo el Oriente, existían multitud de soberanos a quienes el bondadoso y anciano rey Darío no tenía fortaleza bastante para castigar; esta culpable debilidad fue la causa de su ruina, porque en breve perdió su prestigio, y el día de la memorable batalla que se dio a orillas del Éufrates, se vio vendido por los poderosos, cuyos excesos había tolerado, y abandonado de los débiles, a los cuales estos mismos excesos habían hecho sufrir todo género de vejaciones.
Uno solo, sin embargo, permaneció fiel al anciano rey hasta que rindió el último aliento.
Crádates, soberano de los Caspios, era vasallo de Darío, y el más amado entre todos los príncipes de su corte; sirviole con inviolable fidelidad durante su vida, mas cuando la perdió en el combate que puso a la Persia en manos de Alejandro el Grande, el anciano Crádates se sometió, como el reino todo, al vencedor, y fue con el resto de sus tropas y su familia entera a postrarse a los pies de Alejandro.
Recibiole este con bondad suma, y de este modo derramó un saludable bálsamo en la herida que había abierto en el corazón del príncipe la muerte de su señor: el noble anciano cedió, como todos, al influjo de aquel hombre extraordinario y se dispuso a servirle con la misma lealtad que a su amado rey.
Tenía Crádates dos hijos valientes y gallardos, cuyos nombres eran Tolomeo y Casandro, y una hija más joven que estos, llamada Hermione.
La belleza de las mujeres persas ha sido proverbial en toda el Asia, pero la de Hermione era superior a todo encarecimiento.
Nacida de madre escita y de padre persa, el cruzamiento de las dos razas produjo el tipo más perfecto y seductor; tenía la tez de alabastro, el cuello de cisne y los azulados ojos de su madre, Berenice, y las luengas pestañas negras, las pobladas cejas, la espléndida cabellera de azabache, la boca de púrpura y el leve talle de las hijas de Persia.