Nada había comparable a la hermosura de su frente de mármol; nada tan bello como sus manos de marfil y como sus torneados brazos; nada, en fin, tan esbelto y majestuoso como su elevada estatura, que sobresalía como una palmera entre las mujeres que la rodeaban, pequeñas como lo son comúnmente todas las de aquella nación.
Quince años contaba la princesa cuando Crádates fue con ella y sus hermanos a postrarse a los pies de Alejandro.
La imaginación entusiasta de la joven, vivamente impresionada por la relación de las hazañas de este gran monarca, se enardeció mucho más cuando pudo verle y contemplar su juventud y belleza unidas a su nobleza y heroísmo, y aquel instante decidió de su vida.
Concibió por el rey una vehementísima pasión, y la arrogante Hermione, objeto de la adoración de casi todos los príncipes del Asia, se convirtió en esclava del rey de Macedonia.
El joven monarca no reparó en el efecto que había producido: vio a sus pies a una hermosa y esbelta joven, vestida de un largo traje blanco, y cuyos marmóreos hombros, más blancos que el cendal de su vestido, estaban medio cubiertos con un manto de púrpura recamado de oro; miró por un instante aquella angélica cabeza poblada de rizos negros, y aquellos piececitos que aparecían torneados a través de las cintas de sus sandalias de grana, y después volvió los ojos a otro lado con frialdad.
En cuanto a Hermione, solo la palidez de su semblante y el temblor de sus labios pudieron dar a conocer lo que pasaba en su alma.
El príncipe Crádates siguió por algún tiempo la marcha del ejército real; pero queriendo Alejandro ligar al anciano con beneficios y manifestarle a la vez la confianza que de él hacía, le envió a Maracanda, nombrándole gobernador de esta ciudad y de su dilatada provincia, y trasmitiéndole un poder igual al que tenían los sátrapas en tiempo de Darío, el desgraciado rey de Persia.
El príncipe recibió esta gracia con un vivo reconocimiento y con un deseo ardiente de dar un testimonio de él al generoso vencedor. Mas la desdichada Hermione, cuya pasión había hecho rápidos progresos, vio en esta nueva su sentencia de muerte.
¡Perdía a Alejandro! ¡Se alejaba de él sin poderle decir que le amaba!... y para colmo de su desgracia, tenía que encerrar cuidadosamente este amor en el fondo de su alma y ocultar a su padre un sentimiento que hubiera reprendido quizá con demasiada severidad.
Jóvenes que amáis sin esperanza; vosotras, que os veis precisadas a mostrar la sonrisa en los labios cuando tenéis desgarrado el corazón; vosotras, en fin, que sabéis lo que es pasar mil veces por delante del hombre a quien amáis sin que sospeche siquiera lo que sufrís: imaginaos por un momento que os arrebatan el triste consuelo de verle; pensad cuán intenso y amargo sería vuestro dolor, y tendréis una idea del tormento de la desventurada Hermione.