Con la muerte en el alma partió con su padre y sus hermanos para Maracanda, que se sometió al rey sin resistencia, siguiendo el ejemplo de los demás pueblos del Asia Menor, y aquella pobre niña cayó en una profunda melancolía.
Todos los delirios de la pasión más fuerte se apoderaron de su espíritu; llamaba a Alejandro, acariciaba un retrato suyo que había podido procurarse, y que jamás separaba de su seno; veíasela, en medio del sueño, pálida y agitada, derramando abundantes lágrimas, y solamente despertaba de tan dolorosa pesadilla para sentir un martirio mil y mil veces más cruel.
Hermione no tenía madre; la hermosa Berenice, hija del rey de Isedón y esposa de Crádates, murió al darla a luz, y el cielo arrebató con ella a la infeliz princesa el apoyo mejor y más seguro.
Cierto es que su padre la amaba con ciego cariño, y que la adoraban sus hermanos, sobre todo Casandro, que era de natural muy dulce; pero nunca pudo Hermione resolverse a declararles su fatal secreto, encerrándolo, por el contrario, con cuidadoso afán en lo más íntimo de su alma.
Cerca de un año hacía que vivían en Maracanda, cuando Alejandro llamó a los jóvenes príncipes, hermanos de Hermione, confiándoles cargos muy importantes en el ejército y sin desperdiciar una ocasión en que pudiera manifestar al anciano Crádates su amor y estimación.
Entonces fue cuando llegó Efestión a aquel reino: Efestión el malvado, Efestión el regicida, puesto que, cómplice del traidor Besso, hicieron ambos expirar, a los golpes de sus puñales, al magnánimo rey de Persia; Efestión, cuya sangrienta memoria ha quedado para siempre grabada en todos los pueblos que bañan el Éufrates y el Termodonte.
Después del detestable regicidio, que quedó oculto por entonces a favor de las tinieblas de la noche en la agitación de aquella memorable batalla, que decidió la suerte de dos grandes naciones e hizo a la una esclava de la otra, siguieron Efestión y Besso toda la Bactriana, asolando a los pueblos y apoderándose de las riquezas de aquel desdichado territorio; mas cuando Alejandro llevó hasta allí sus armas vencedoras, Efestión vendió a su amigo, y queriendo contraer méritos con el soberano, prendió a Besso por su propia mano y le condujo sujeto a la tienda del rey.
El gran Alejandro ignoraba todavía quiénes eran los asesinos del anciano Darío, al cual amaba tanto, no obstante ser su enemigo y haberle conquistado casi todo su reino.
Besso le fue presentado con la lengua cortada, y Efestión urdió una fábula que nadie podía desmentir.
Imposibilitado Besso de hablar, solo un esclavo podía descubrir al infame regicida; pero el infeliz siervo fue muerto y arrojado al Éufrates así que se cometió el crimen.