Por lo tanto, todo el rigor de Alejandro cayó sobre el desgraciado Besso, que fue colgado de un árbol, asaeteado y descuartizado antes de expirar por cuatro caballos,[5] y Efestión fue recompensado con mano pródiga por el rey, que le agradeció que le hubiera proporcionado la ocasión de ejercer aquel acto de justicia; pero el malvado regicida, abusando de los favores del monarca, sembró nuevas sediciones en el campo; y obligando a los daheses a que se sublevasen con siete mil caballos bactrios, partió con ellos en dirección a Maracanda, a fin de obligar al príncipe Crádates, con quien le unía una estrecha amistad, a levantarse contra su rey y señor.

[5] Histórico.

Al pronto ocultó sus designios, haciendo creer a Crádates que venía por orden de Alejandro; y el príncipe, engañado con esta treta, le recibió en su mismo palacio y le trató como enviado del rey, dando órdenes para que se alojase parte del ejército en la ciudad, y el resto en los lugares más cercanos, pero con la mayor comodidad posible.

Efestión había tomado muchas precauciones para que el anciano no descubriese la verdad. Cubrió los caminos de guardias para detener a todo el que pudiese venir de parte del rey o de cualquiera otro lado, y de este modo pudo ocultar al príncipe su infamia.

Aquel hombre, de corazón de hierro hasta entonces, tenía a la sazón en sí mismo el más peligroso enemigo: amaba a Hermione, y la amaba con toda la energía de la primera pasión; la bella y melancólica niña le hacía olvidar todos sus proyectos con una sola mirada, y delante de ella desaparecía a sus ojos el resto del mundo.

Un presentimiento oculto le aconsejó no declararle su amor: adivinaba que Hermione no correspondería jamás a su indomable pasión, y prefirió entenderse con el príncipe y pedirle la mano de su hija.

El engañado Crádates prestó oídos a la proposición que Efestión le hiciera; y creyendo a este en un alto favor con el rey, supuso que no podía esperar un partido más ventajoso para su hija, y prometió su mano a Efestión, sin consultarla en atención a su corta edad.

Mas al participar su resolución a Hermione, encontró en ella una resistencia que no esperaba: nacida la joven con un carácter generoso pero altivo, se rebeló contra esta violencia y habló a su padre con energía.

En aquellos pueblos poco civilizados e idólatras, la educación y la religión no podían ser frenos para contener el ímpetu de los sentimientos, y la pobre niña, agotado su valor, se entregó completamente al exceso de su pena.

—Padre —exclamó postrada a los pies del anciano—, ¡quieran los dioses, ya que no tenéis piedad de vuestra hija, que halléis en su obediencia el castigo de vuestra crueldad!... Mas no creáis —prosiguió levantándose con fiereza—, no creáis, señor, que cedo todavía: voy a escribir a mis hermanos, y después me arrojaré a las plantas de Efestión, le haré saber que no le amo, que no quiero, que no puedo ser suya, y si no se compadece de mí, si mis hermanos no vienen en mi socorro, imploraré el favor del rey.