Al pronunciar estas últimas palabras, temblaron los labios de la princesa, y su semblante se cubrió de una mortal palidez: aquel pensamiento atravesó su corazón como un dardo de fuego, y trajo ante sus ojos, con más viveza que nunca, la imagen de Alejandro.

Crádates no advirtió lo que pasaba en el corazón de su hija, y creyó efecto de su impaciencia o de su dolor el trastorno que notara en su rostro.

—Escucha, hija mía —le dijo con ternura—, si yo no supiera que ibas a ser feliz, no me verías hoy tan obstinado; te ruego, pues, que me obedezcas, y no me obligues —continuó cambiando de voz—, a que haga uso de la autoridad que los dioses me han concedido sobre ti; no pidas auxilio a nadie contra tu padre, Hermione; tus hermanos, lejos de aprobar tu rebeldía, te obligarán a obedecerme, y Efestión te ama demasiado para que consienta en perderte; en cuanto al rey —prosiguió el príncipe sin poder calcular el daño que causaba a su hija—, en cuanto al rey, está harto entretenido para pensar en ti; todos los príncipes del Asia estamos convocados en Babilonia para dentro de quince días, con el fin de asistir a sus bodas. En este pliego, escrito de mano del monarca, me lo participa, añadiendo que se casa con la princesa de Persia, prisionera suya con toda su familia desde la muerte del rey su padre.

Un rayo no hubiera aturdido menos a la joven que esta noticia; Hermione lanzó un agudo grito, extendió los brazos y cayó desplomada a los pies de Crádates. El anciano la tomó en sus brazos y la condujo a su aposento, encargándola a los cuidados de su nodriza Teane.

Cuando la joven volvió a abrir los ojos, vio a su padre, sentado junto al lecho, que estrechaba una de sus manos cubriéndola de besos y de lágrimas; algo apartado Efestión, en pie y silencioso, la contemplaba con una mirada de dolor.

Pocos hombres había entonces comparables a él: de elevada estatura y modelada como el Apolo antiguo, se olvidaba su gallardía para admirar la belleza de su semblante; era notable el contraste que ofrecía su dorada cabellera, naturalmente rizada, con sus rasgados ojos de un negro afelpado; el resto de sus facciones completaba ese magnífico tipo oriental que tan perfecto se conserva todavía en Atenas o en la isla de Delos. Su edad no llegaba a veintiséis años, y jamás un alma más horrible se ha albergado en un cuerpo más hermoso; en aquel bárbaro corazón no imperaba más que un solo sentimiento: su pasión a Hermione. Al verla extendida en el lecho, y al parecer sin vida, la más cruel desesperación se apoderó de él, y al verla abrir los ojos, una inmensa alegría sacudió a aquella fiera naturaleza.

Apenas Hermione volvió en sí, se sentó en el lecho; apartó de su frente los numerosos bucles, negros como el ébano, que la cubrían, y permaneció silenciosa algunos instantes.

—Padre —dijo al fin con voz firme—, os obedeceré, y vos, señor —prosiguió tendiendo sus manos a Efestión, que las estrechó entre las suyas—, recibid el juramento que os hago de ser vuestra... Yo no os amo ahora —añadió la joven—, pero de nuevo os juro, por los dioses, que os amaré muy pronto, Efestión, o que moriré de lo contrario.

La desdichada no sabía aún quién era el hombre a quien acababa de ligarse para siempre. Apoyose en el brazo de su padre, y ambos bajaron al jardín seguidos de Efestión, que habiendo conseguido lo que más deseaba en el mundo, fijó otra vez su pensamiento todo en la ejecución de sus tenebrosos planes.

II