DOLORES SIN CONSUELO

Algunos días después de los sucesos que acabamos de referir, la hija de Crádates se unió para siempre a Efestión, príncipe de los ismenios, a cuya dignidad le había elevado el magnánimo Alejandro en recompensa de haber puesto en sus manos al matador de Darío.

Crádates se preparó para ir a Babilonia con el objeto de asistir a las bodas reales, sin que los jóvenes esposos consintieran en acompañarle, aunque por motivos muy diversos.

Hermione hizo al deber el sacrificio de su amor, y la imagen de Alejandro empezaba a borrarse de su memoria, como su retrato había desaparecido de su pecho; su amarga melancolía había degenerado en una calma triste, pero que le proporcionaba algún reposo; insensiblemente se iba acostumbrando a Efestión, y sin duda alguna le hubiese amado con el tiempo si su enemiga suerte no lo hubiera dispuesto de otro modo.

Era un día hermoso de estío, víspera de aquel en que debía partir el anciano Crádates; hallábanse en los extensos y perfumados jardines la princesa y sus damas, todas casi tan niñas y hermosas como su joven soberana; veíase entre ellas a la armenia de dorados cabellos y velados ojos; a la odalisca de esbeltas y torneadas formas; a la georgiana de tez rosada y luciente mirada negra; a la ateniense de virginal perfil y pies de niña; a la persa de purpurina boca, estrecha frente y dulce sonrisa; a la escita de celestes ojos, enhiesto cuello y manos de nieve; y todos los tipos, en fin, más bellos y perfectos de los imperios del Asia.

Sentada Hermione a la orilla de un azulado arroyuelo, hablaba con su nodriza Teane, cuyo amor hacia ella rayaba en adoración; las damas se habían quitado los mantos y saltaban como cervatillos en las anchas praderas de flores, cuyos débiles tallos se tronchaban bajo la tenue presión de sus lindos pies, calzados con sandalias.

El jardín estaba además lleno de guardias de la princesa, deudos de Crádates y esclavos negros.

De súbito se oyó un extraordinario ruido a las puertas del palacio, y las damas corrieron despavoridas al lado de la princesa y de la anciana Teane.

—Anda a ver que sucede, Orontes —dijo Hermione con serena voz a un eunuco negro, que salió al instante a cumplir esta orden; pero un momento después volvió pálido y trastornado.

Seguíanle de cerca dos caballeros armados a medias, pues al uno le faltaba una manopla, y dejaba ver una mano horriblemente mutilada aunque no por eso había abandonado la espada; y el otro traía la cabeza descubierta, y su yelmo, perdido tal vez en alguna refriega, no había sido suficiente a librarle de recibir en ella una profunda herida.