Al ver a aquellos hombres, se puso en pie la princesa; dilatáronse sus grandes ojos azules, y cubrió su rostro una palidez mortal.
—¡Casandro!... ¡Tolomeo!... —exclamó al fin tendiéndoles los brazos, en tanto que se iba llenando el jardín de soldados y deudos de los príncipes, tan heridos y desfigurados como ellos—. ¡Hermanos míos!, ¿qué os ha sucedido?, ¿qué es esto? —gritó dando un alarido desgarrador al ver caer a Casandro privado de conocimiento.
—¡Hermana!... —exclamó Tolomeo asiéndola del brazo—, ¡hermana!... antes de todo, respóndeme... ¿eres ya esposa de Efestión?
—Sí —contestó la joven con temblorosa voz.
—¡Ah! —gritó el príncipe—. ¡Maldición sobre nosotros!...
Y soltó el brazo de la infeliz Hermione, la cual fue a abrazar a Casandro, que permanecía desmayado todavía en los brazos de sus escuderos.
A poco llegó al jardín el anciano Crádates. Al ver a su querido Tolomeo horriblemente herido y ensangrentado, y a su hermoso Casandro, al parecer sin vida, el desgraciado padre quedó yerto de espanto.
—¿Qué habéis hecho, señor? —exclamó el príncipe—, ¿conque habéis entregado a Hermione al asesino de nuestro rey? ¿Sabéis que Darío rindió su vida a los golpes del puñal de ese monstruo de iniquidad? ¿Sabéis que se ha rebelado contra Alejandro y que está en Maracanda el foco de la rebelión? ¿Sabéis que pasáis en el campo macedonio por un traidor como él? ¡Oh, padre! —prosiguió el infeliz Tolomeo en el paroxismo del dolor más violento—, ¿sabéis que me cuesta la vida de Casandro haber podido penetrar hasta aquí?
Nada respondió el anciano, y fue lentamente a postrarse ante Casandro, cuya cabeza abierta sostenía Hermione sollozando amargamente.
Crádates separó los hermosos rizos de ébano que cubrían aquella frente ensangrentada, y sin derramar una lágrima, pero más pálido que el herido, puso en ella sus labios, dominando por un momento el amor paterno a todos.