—¡Yo te vengaré, hijo mío, yo te vengaré! —exclamó levantándose en seguida.
—¡Venganza, sí! —gritó Tolomeo—. Yo he venido, de parte de Alejandro, a averiguar la verdad de lo que aquí sucede, porque no se resuelve a creeros culpable y prefiere juzgaros engañado. «Id —nos ha dicho—; a los hijos toca salvar el honor del padre; la alianza que me han anunciado va a efectuarse entre Crádates y Efestión es una prenda de traición. Volad, pues, a impedir que la inocente Hermione se una al asesino de vuestro rey, y traedme al regicida para que expíe como Besso, no su rebelión contra mí, que desde luego le perdono, sino el horrible crimen que cometió al derramar, con sus miserables manos, la augusta sangre de Darío.»
Casandro había vuelto de su desmayo; echó los brazos al cuello de Hermione, teniéndola largo rato oprimida contra su pecho, y después se sentó con firmeza en un banco de césped.
Crádates y Tolomeo se aproximaron a él, en tanto que algunos vendaban sus heridas.
—Padre mío —dijo con débil voz—, no perdáis tiempo: el cuerpo de ejército, que el rey nos dio para batir las tropas de Efestión, ha sido deshecho, y el traidor cuenta con muchas fuerzas dentro de Maracanda. Huid, por el cielo, con Hermione, y salvadla... a favor de un disfraz podréis llegar a Babilonia... presentaos al rey, decidle que envíe al momento los soldados necesarios para sofocar la sedición. El esclavo que presenció el asesinato del rey Darío, y que fue arrojado a las ondas del Éufrates, no murió como se creía, y ha descubierto a Alejandro todos los crímenes de Efestión... huid, huid, por los dioses, y llevaos a mi hermana. ¿Qué pueden hacer aquí un anciano y una niña?
—¡Morir! —contestó una voz bien conocida de todos.
Era Efestión que había penetrado en el jardín seguido de un gran número de parciales.
—¡Sí! —prosiguió el traidor—, morirán como vosotros, y como todos los que no se unan a mi causa; ya no es tiempo de retroceder; juego mi vida, y haré todo lo posible para no perderla. Yo te engañé, Crádates —continuó dirigiéndose al príncipe—; sí, yo sublevé las tropas que existen en Maracanda, y vine aquí únicamente para que secundaras mi rebelión contra Alejandro.
—¿Y creíste que yo?... —tartamudeó Crádates temblando de ira y lanzando una mirada de desprecio al miserable Efestión—. ¡Oh!, decidme —continuó juntando las manos—, decidme que habéis mentido, aseguradme que, convencido de vuestro error, desistís de vuestros horribles planes.
—¡Imposible! —contestó Efestión con estoica calma—. Si cuando el rey de Macedonia me favorecía me rebelé contra él, juzga tú mismo lo que debo hacer ahora que pide mi cabeza.