—¡Traidor! —gritó el príncipe tirando de la espada y arrojándose a él—. ¡Infame regicida!... ¡Te juro, por los dioses, que no has de salir vivo de aquí!...
El acero de Efestión cortó el aliento al desgraciado anciano, que cayó con el pecho atravesado a los pies del asesino de Darío sin poder hacer otra cosa que tender los brazos a sus hijos.
Dos terribles golpes sintió al mismo tiempo el malvado. La espada de Tolomeo, aunque manejada por su mano izquierda, le partió el hombro, y la de Casandro le produjo una profunda herida en la espalda; mas los infelices príncipes rindieron muy pronto sus vidas a los furibundos golpes de una nube de soldados que los rodearon de repente, inmolándolos sin piedad.
La desdichada Hermione lanzó un penetrante alarido, y cayó sin sentido inundada en aquella sangre, que era la misma que corría por sus venas.
Efestión, sin turbarse en lo más mínimo, y con un valor admirable digno de más noble causa, mando hacer una señal, convenida sin duda, porque en pocas horas fue pasada a cuchillo por los sediciosos toda la guarnición de Maracanda que no quiso secundar la rebelión.
III
EL REGICIDA
La hija de Crádates pasó muchos días entregada a una furiosa demencia: encerrada en sus habitaciones con su nodriza Teane, llamaba a su padre, a sus hermanos, y maldecía a su inhumano verdugo, sin consentir en tomar alimento alguno ni ver a nadie.
Cuando se calmó su doloroso delirio, cayó en una melancolía profunda; la infortunada joven se sentía desfallecer y se rendía quebrantada al peso de su amarga pena. A no ser por los amorosos cuidados de la buena Teane, hubiera muerto sin duda.
Una noche que, sentada junto a una ventana, lloraba pensando en su desgraciada familia, entró de improviso Efestión en su aposento; al verle, Hermione se estremeció de horror, helose el llanto en sus yertas mejillas, y en su hermoso semblante se pintó, con la mayor energía, todo el odio que aquel hombre le inspiraba.