—¡Verdugo de mi padre! —exclamó con indecible vehemencia la irritada princesa—. ¡Asesino de mis hermanos! ¿Qué buscas aquí? ¿Vienes a gozarte en mis tormentos? ¿Acaso es tu designio quitarme también la vida? Hiere —prosiguió descubriendo su seno—, hiere sin piedad; traspasa este corazón, enemigo de esa mano parricida que hace pocos días me alargaste en señal de tu amor, y que diste a mi buen padre en prueba de fidelidad. No te detengan los aborrecibles lazos que nos unen; no alimentes para tu ruina una serpiente que te devorará, si no la ahogas primero.

—Escúchame, Hermione —dijo Efestión con voz dulce y reposada—. Si para conservar mi fortuna y mi vida tuve que envainar mi puñal en el pecho de tu padre, para conservar la tuya y hacerte feliz no perdonaré sacrificio alguno; yo te amo —prosiguió cruzando sus manos con una indescriptible mezcla de pasión y de dolor—, yo te amo, Hermione, y este amor es el único sentimiento dulce que ha surgido en mi corazón: no siento remordimiento alguno por haber dado muerte a los tuyos, mas tu dolor traspasa mi alma. ¡Oh, Hermione! —continuó Efestión arrojándose a los pies de la princesa—: ¡mi adorada Hermione!... perdóname y dime que no me aborreces, que me miras sin horror, que podrás amarme algún día...

—¡Ah! —gritó la princesa rechazando a su esposo, quien, arrodillado, todavía sollozaba amargamente—. ¡Verdugo de mi padre! ¡Quieran los dioses descargar sobre tu cabeza todos los rayos de su venganza!

Hermione salió del aposento.

El príncipe de los ismenios permaneció como helado de estupor; su alma indómita jamás se había humillado, y tan solo el vehemente amor que Hermione le inspiraba había podido ablandar su fiereza.

Cuando le volvió la espalda la princesa, la siguió con la vista sin variar de postura, y dos gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas, pálidas con la fuerza del dolor.

—¡Nunca me amará! —murmuró después con ahogado sollozo, y cubriéndose el semblante con las manos.

Imposible era, en efecto, que la joven princesa amase ya a aquel hombre. Con su presencia despertose en el alma de Hermione una ardiente sed de venganza, y, al huir de él, corrió a encerrarse en otro aposento para poner por obra un proyecto que hacía algunos días meditaba.

¿Habéis amado, lectoras mías, para olvidar después? ¿No os ha sucedido, en alguna época de vuestra vida, tener que dejar de querer a un ser digno de vuestra adoración, para amar a otro ser que valía mucho menos, ya por conveniencias sociales, ya por exigencias del mundo, ya en fin, por caprichos del corazón? ¿Y no habéis sido engañadas por el mismo a quien dabais un cariño que no merecía? ¡Ah! ¿Qué habéis hecho entonces? Pero ya lo adivino: habéis vuelto vuestros ojos, cansados de llorar, hacia aquel objeto que debisteis amar eternamente, a pesar de las exigencias de la sociedad y de las hipócritas fórmulas del mundo; tal vez por orgullo no le habéis dicho: «Te amo como antes.» Vuestros deberes quizá os habrán retenido lejos de él, ¿pero no es verdad que a él habéis vuelto sin cesar el pensamiento y la mirada? ¿No es verdad que habéis consagrado a su recuerdo todos los instantes de vuestra vida, como el único consuelo de vuestra amargura?...

Esto fue, pues, lo que sucedió a Hermione: dormía en su alma, debilitada por largos combates, una violenta pasión que despertó de súbito al rudo choque de su infortunio; y, como vosotras, volvió de nuevo los ojos y el corazón hacia aquel hermoso y benéfico recuerdo, único bien que le restaba en el mundo.