Sola y sin amparo, quiso escribir al magnánimo Alejandro para pedirle venganza de la muerte de su padre y de sus hermanos. No tuvo que combatir esta resolución; odiaba a Efestión como verdugo de los suyos, como regicida del anciano Darío y como traidor al rey de Macedonia, y con mano firme y sin remordimientos trazó la siguiente carta:[6]

[6] Esta carta está copiada casi literalmente del antiquísimo volumen de donde he tomado los datos necesarios para escribir esta leyenda; únicamente me he limitado a poner más en claro algunos conceptos.

«No es, ¡oh, señor!, la esposa del infiel Efestión, es la hija del noble Crádates la que se dirige a vos; si el nombre del primero os es aborrecible, creo que la memoria del segundo os debe ser de alguna estimación.

»El venerable anciano a quien debí la vida, ha rendido la suya a los golpes del puñal del hombre que hoy me llama su esposa. En vano fue, ¡oh señor!, en vano fue que enviaseis a mis hermanos para que impidiesen el sacrificio de la infeliz Hermione. En vano, ¡ay!, pues que ya estaba unida con lazos eternos al miserable que tan cruelmente ha derramado la sangre de mi inocente familia... Tolomeo, vuestro amado Tolomeo, ha muerto destrozado por las lanzas de los soldados de Efestión; y Casandro, el joven y hermoso escudero que nunca se apartaba de vuestro lado, ha expirado horriblemente mutilado, pronunciando el nombre adorado de Alejandro.

»¡Venganza, señor, venganza! Yo la invoco de vuestra justicia contra el matador del rey Darío, padre de la princesa que habéis elegido por esposa; contra el verdugo de los míos; contra el infame que ha osado hacer a su bienhechor y su rey la más horrible de las traiciones.

»¡Que muera, ya que ha derramado tanta sangre noble e inocente!... Que expire al rigor de los tormentos más crueles, y así plegue a los dioses prolongar y hacer felices los días de vuestro reinado. — Hermione.»

Escrita esta carta, fue entregada y recomendada mil veces al hijo de la anciana Teane, que partió sin dilación al campo macedonio.

Hermione quedó sola con su nodriza, entregada a la más cruel ansiedad. Dotada de un alma generosa, aunque, como ya hemos dicho, enérgica y altiva, tardó poco en aparecer el remordimiento; había demandado con ansia la muerte de su esposo, y la sola idea de que era muy probable que Alejandro le hiciese justicia, la helaba de terror.

—¿Por ventura —se decía—, podrán devolver la vida a las víctimas que lloro los suplicios que hagan sufrir a su verdugo?

Además, por culpable que este fuese, ¿no era también su esposo?

Hermione lloraba amargamente, cuando se abrió con estrépito la puerta de su aposento, y el más horrendo espectáculo se presentó a sus ojos.

Acababa de ver entrar pálido, cubierto de sangre y brotando fuego por los ojos, a Efestión, que traía en una mano la carta que ella había escrito pocas horas antes, y en la otra la cabeza del desgraciado mensajero.[7]

[7] Histórico.