Los dos caballeros se dejaron caer de hinojos a su lado.
—¡Oh, Ana mía! —exclamaron a un tiempo—. Pide a Dios que libre a este niño de dar el primer paso en la carrera de las pasiones que te han causado la muerte.
Volviéronse ambos asombrados: sus labios acababan de formular idénticas palabras.
—¿Cómo os llamáis? —preguntó el conde al caballero español.
—Diego Velázquez de Silva, pintor de cámara del rey Felipe IV de España.
El conde de Egmont se inclinó con una política llena de deferencia y cortesía.
—Mi nombre es...
—Sé vuestro nombre, señor conde —contestó Velázquez sonriendo con tristísima expresión.
Y besando de nuevo, arrodillado, los dos sepulcros, añadió ya en el umbral del cementerio:
—Si alguna vez vuestro hijo se separa del camino de la virtud, venid aquí a buscarme en el aniversario de este día, y le contaré mi historia y la de mi hermana, junto a esos dos sepulcros.