Al levantarse, el niño cortó una rama de adelfa, besola, y la guardó en su pecho.
—Padre mío —dijo después mirando la blanca tumba—, ¿quién descansa en este sepulcro?
Calló el conde confuso.
—¡Mi hermana! —contestó a su espalda una voz varonil, pero de timbre suave y melancólico.
Volviéronse Enrico y su hijo: un caballero con traje español, de riguroso luto, estaba en pie detrás de ellos. Tenía en la mano su chambergo, y su hermosa cabellera negra, que caía en largos rizos, se veía mecida por la brisa de la tarde.
—¿Cómo es, pues, que descansa junto a mi madre? —preguntó Yans con su sencilla curiosidad.
—Joven —contestó el caballero enlutado—, no os afanéis jamás por comprender lo que se os presente oscuro en vuestra vida; todos los arcanos, hasta los de la ciencia, disecan el corazón y marchitan el alma: bajo esa blanca tumba está encerrado un drama que todos ignoran que haya tenido lugar en mi vida, pero que Dios sabe cuánto dolor ha derramado en lo que me resta de existencia.
—¿Quieres, padre mío, que rece sobre ese sepulcro? —preguntó Yans.
—Reza, hijo mío —contestó noblemente Enrico—: todos los jóvenes sois hermanos ante Dios.
Arrodillose Yans y cruzó las manos.