—¡Pobre Duyweque mía! —exclamó el joven ardorosamente—; ¡cuánto te amaba yo!
Y dos lágrimas corrieron por sus mejillas.
—Tu hermana murió porque le faltó su madre para que velase por su delicada constitución —dijo sombríamente el caballero.
—¿Murió mi madre antes que ella, padre?
—¡Mucho antes, hijo mío!
—Padre, si yo creo que hace dos meses la vi una mañana al despertarme... sí... sí... me abrazaba llorando...
—¡Soñarías, hijo mío!... tu madre murió cuando tú no tenías aún un año.
—Puede ser que soñase yo —murmuró el joven ya casi convencido—: lo cierto es, padre, que desapareció como un sueño.
—Vamos a rezar sobre su tumba, hijo mío.
Ambos se arrodillaron en la tumba negra, y rezaron largo rato.