Las dos tienen inscrito encima el sencillo y dulce nombre de Ana.
La blanca está rodeada de rosales blancos también: un árbol de azahar le da flores y sombra, y algunos búcaros de pórfido, llenos de azucenas, rodean la nevada lápida.
Pósanse en ellas pintadas mariposas, y los pajarillos cantan a porfía amores en el azahar y en los rosales, porque son los últimos días del estío.
La losa negra está rodeada de adelfas, y le da sombra un ciprés, cuyo tronco está rodeado de una yedra.
La amorosa yerbecilla quiere, al parecer, consolar a la sombría tumba con sus humildes hojas y con sus florecillas azules.
Era la caída de una tarde de septiembre.
Un caballero, joven aún y vestido de riguroso luto, llegó acompañado de un hermoso adolescente que aparentaba diecisiete años, veinte menos que su padre.
Porque padre, a no dudarlo, era el caballero que le acompañaba.
Tenía, como él, los ojos negros y hermosos, rizados y negros los cabellos y morena la tez.
Depositaron una corona blanca de rosas, que el joven llevaba en la mano, sobre el panteón, y ambos rezaron largo rato, besando después el helado mármol.