La condesa seguía sombría y envuelta en su manto negro al fúnebre convoy.

¡La infortunada hija del gran Rubens llevaba por todo acompañamiento a su última morada a su pobre y desolada madre!

XVI

LA DOBLE TUMBA

No me detendré yo a hablar de la vil privanza que siguió ejerciendo aún durante largos años el conde-duque sobre el débil y voluble corazón de Felipe IV.

Ni de las glorias de Rubens, quien, algunos años después y muerta su primera esposa, casó con Elena Froment, célebre por su hermosura.

Ni de la muerte desastrosa de Juan de Pareja, acaecida en tiempo más remoto, por salvar de una puñalada al esposo de la hija de Velázquez, el paisista Juan del Mazo.

Todos estos hechos son de tanto bulto que apenas existirá una persona que no los conozca.

Voy a conducir al lector, un año después de la muerte de Ana, al pintoresco cementerio de Gante, y a la espalda del grandioso panteón de los condes de Egmont.

Allí hay una tumba con dos lápidas: una de mármol blanco; otra de jaspe negro.