»Fijeme, pues, en Gante, y allí fue, don Diego, donde vino vuestra carta a darme la alegría primera que he sentido hace dieciséis años.

»Ana estaba en salvo y sería feliz, porque la fama de vuestra hidalguía había llegado hasta nuestro suelo.

»Mas, ¡ay!, que no fue así: la infeliz niña, privada de todo cariño en la tierra, concibió por su bienhechor una pasión tan vehemente, que ha aniquilado su vida aun creyéndoos su hermano. ¡Pobre azucena destrozada por el vendaval de una pasión que ni ella misma ha podido comprender!

Calló de nuevo la condesa y regó con llanto amargo los pies helados de su hija.

—La conciencia —prosiguió tras una larga pausa—, la conciencia alzó, al fin, su grito en el alma de Rubens... buscó a su hija y la encontró agonizante ya... ¡Malditas... malditas sean las pasiones de los hombres!...

»Ahora —continuó poniéndose en pie—, me vuelvo a mi casa de Gante construida al pie del panteón donde descansa Duyweque... Cuando recibí la carta en la cual Rubens me avisaba que viniese a recoger el último aliento de Ana, mandé preparar la tumba, que va a recoger sus restos, y que muy pronto guardará los míos; pero hasta entonces quiero que me acompañe el retrato de mi hija moribunda.

Al decir estas palabras, se aproximó la condesa a una ventana e hizo una seña.

Dos criados, de luto, subieron un ataúd de terciopelo blanco, colocaron en él el cuerpo de Ana y bajaron con lento paso.

La condesa desprendió el lienzo del caballete sin que nadie se opusiera a ello, lo enrolló bajo su manto y, estrechando la helada mano de Velázquez, salió.

Un instante después se oyó el pesado paso de los dos servidores que llevaban en una litera enlutada el cadáver de Ana.